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Inglaterra, 5 de junio de 1944.


Dulce Norma Jean,

La espera me está matando, una extraña mezcla de miedo y excitación me tiene por completo dominado. !Mañana es el gran día!

Anoche soñé que subía por la Avenida Wellintong hasta la esquina con Draper, ahí giraba a la derecha hacia el barrio residencial que tanto nos gusta. Un precioso manto otoñal de hojas estaba echado a mis pies, la suave brisa ayudaba a los plátanos de sombra a desnudarse más deprisa.

El olor a tierra húmeda y la brisa me embriagaban calando mis huesos, el áspero otoño estaba en todo su esplendor señalando el crudo invierno que venía en camino.

Me detuve delante de una hermosa casa, era la casa que habíamos proyectado juntos para poder formar nuestra familia. Una preciosa casa de dos plantas en un barrio apacible, con un pequeño jardín dónde pudieran jugar nuestros tres hijos…

Entré, dejé el abrigo en el perchero del vestíbulo mientras me recibía la inconfundible y cálida voz de Miss Fitzgerald. Night and Day me condujo directamente al salón mientras la canturreaba en voz baja. “ Night and day, you are the one. Only you beneath the moon or under the sun. Whether near to me, or far, its no matter darling where you are. I think of you”.

El salón competía con el manto de hojas de la calle, pero el color de este era provocado por el reflejo de las llamas del hogar. En el viejo gramófono seguía cantando Ella, pero esta vez la acompañaba el crepitar del fuego en la chimenea. Tú estabas en el sofá tendida, esperándome con una de esas sonrisas que me ha robado el alma. Te incorporaste un poco. Tu pelo, como un marco brillando pintado por el fulgor de las llamas, caía desparramado sobre tus hombros. Tu rostro, el lienzo más hermoso que he contemplado en mi vida, estaba vuelto hacia mí. Tus ojos, rebosando deseo, eran dos potentes imanes atrayéndome. Suspirabas, yo seguía el rítmico compás que marcaban tus senos dibujados en el suéter rojo que te regalé. Te levantaste y avanzaste mientras te quitabas el suéter; debajo no llevabas nada. Me ofrecías tus firmes pechos, los rosados pezones fijaban mis ojos. Me besaste, un beso apasionado, profundo, lujurioso. Ya me tenías excitado, mi mano te agarraba de la cintura, mientras la otra, cóncava, recorría el breve espacio vacío hasta tu pecho para tomarlo. Empezaste a despojarme, primero el jersey, después la camisa, los pantalones…

Nos tumbamos en la alfombra frente a la chimenea. En ese momento un tremendo aullido que venía de afuera atravesó la estancia.

De repente gritos a mi alrededor, era la sirena antiaérea que nos ponía a todos en guardia. Una más de las muchas incursiones de la maldita Luftwaffe para castigar la costa inglesa, pasaron de largo hacia Londres. Hasta el sueño, sólo te me habías aparecido en la línea del frente, mi ángel.

En el combate, mientras las balas silbaban alrededor y la artillería enemiga nos estaba machacando, me refugié en el cráter del último obús que había caído. La inmunda mezcla de pólvora con sangre y carne quemada desprendía un olor que se apoderaba de mis sentidos, quedando gravada en mi mente para siempre. En esa trinchera, en posición fetal, agarrando el casco como si fuera la vida misma, te me apareciste de repente. Ahí me di cuenta del grave error que cometí al alistarme para esta maldita guerra. Y lo que es peor, el haberme alejado de ti. El deber patríotico no es más que un cruel juego para engañar a los jóvenes.

Esta noche por fin te he soñado, he podido dejar a un lado las terribles pesadillas que venían persiguiéndome desde la primera vez que tuve que disparar a otro ser humano. Esta noche he sido feliz.

Como te dije mañana es el gran día. El Estado Mayor lo ha bautizado como dia D. Ejecutaremos la Operación Overlord.

El General Eisenhower nos ha dicho que será la batalla más importante de esta guerra que estamos librando para rescatar a Europa de las garras del fascismo.

Desembarcaremos en la costa francesa. Nuestra compañía será de las primeras en pisar la playa. Esperamos no tener que atrasarlo más, ya hemos perdido un día por culpa de las inclemencias del tiempo. Se nos han unido en los últimos días tropas auxiliares francesas y polacas. Contamos con unos 250.000 hombres y 50.000 vehículos. Mañana haremos historia. Los chicos a mi cargo están nerviosos, alguno está impaciente, les he ordenado que realicen actividades distendidas para relajarse.

Estoy atemorizado pero sé que mañana estarás conmigo, en mi corazón, en mi alma.

Quisiera pedirte que si pasara lo peor seas feliz, debes superar la adversidad y seguir con tu vida.

Recuerda que en esta vida todo, absolutamente todo, es pasajero. La inmortalidad no es más que una hermosa fantasía que nos han vendido para consolarnos. Eso lo sabe bien mi madre que perdió a papá en la primera gran guerra y a la que rompí el corazón cuando me alisté para esta. Me dijo que no me iba a esperar. La espera no es más que otra ilusión sobre algo que no sabes si llegará. Las ilusiones o los recuerdos son veneno que te come la vida, no te instales en ellos. Por favor, debes vivir en la realidad, nunca en los recuerdos.

Con todo mi amor

Capitán John H. Miller

Comandante de la Compañía C del 2 º Batallón de Rangers

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